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Reseña Revista
Proceso
Prefacio
multidisciplinario
CELIBATO:
EL MONÓLOGO DE LA JERARQUÍA
Este libro aborda un tema que aun en pleno
albor del siglo XXI sigue siendo considerado tabú por vastos sectores de
la sociedad y el clero latinoamericanos. Amplios círculos intelectuales
y de las culturas políticas oficiales no escapan tampoco a su blindaje.
No nos referimos a la —desde hace varias décadas—
liberada
sexualidad de
que presume Occidente, sino a la misteriosa relación de ésta con el cada
vez más polémico tema del celibato sacerdotal obligatorio. Por ejemplo,
es notorio que aun la mera idea de explorar si el dogma católico del
celibato pudiese ser un factor en el creciente problema de la pederastia
sacerdotal —y en una variedad de conductas heterosexuales del clero que
implican el continuo quebrantamiento del voto de castidad— provoca
reacciones que van del mutismo al anatema.
Muestra de lo primero es
la casi nula discusión pública que en países de habla hispana como
México ha habido sobre el tema, especialmente durante los últimos años,
a pesar de su creciente relevancia social. Mientras que en Europa es
objeto de cuidadosos análisis y serios cuestionamientos al interior de
la Iglesia por parte de laicos, clérigos y teólogos de la misma fe, en
América Latina —importante bastión mundial del conservadurismo católico—
no sólo el clero y la feligresía evitan discutir sobre la vigencia del
voto de castidad de manera pública; intelectuales y estudiosos sin cuño
confesional prefieren no profundizar ante un tópico que se antoja
insoslayable, relegándolo al olvido o a la intimidad de las charlas de
café y, de cuando en cuando, al editorial superficial, de ocasión.
El tema es nuevo, pero
también viejo. La literatura universal es de ello testigo. En su faceta
chusca, el ingenioso
Decamerón
de Boccaccio
decantaba sobre los italianos en el alto medioevo la crítica social que
era vox
populi para
nobles y plebeyos. De espíritu anticipadamente renacentista, el una vez
prohibido libro confecciona historias para relatar, entre otras cosas,
anécdotas y deslices sexuales de los sacerdotes italianos y refleja la
corrupción eclesiástica de la época. Mas el
Decamerón
no discutía la
naturaleza del voto de castidad.
En Latinoamérica, el
poeta cubano José Martí, adelantándose a su tiempo, prescindió de la
sátira y del cuento para cuestionar sin circunlocuciones la conducta
sexual del clero y al mismo tiempo la vigencia del ancestral dogma.
Escogió, por motivos pedagógicos, la crítica epistolar como género de
expresión. En un corto y punzante texto se enfoca en la empobrecida
campiña cubana del siglo XIX para denunciar la vida inconsistente del
común de los curas que atendían a sus lectores, los campesinos
sencillos.
…que te obliga a ti a tener mujer,
teniendo él querida, que quiere que tus hijos sean legítimos teniéndolos
él naturales, que te dice que debes dar tu nombre a tus hijos y no da él
su nombre a los suyos…
Ecos de las prebendas
coloniales de que aún gozaba el clero feudal de entonces.
Martí apelaba con su
argumento a la experiencia cotidiana del pueblo; de otra manera, su
crítica hubiese estado condenada de antemano a caer en oídos sordos. El
humanista cubano se levantaba contra lo que veía como una perversión del
derecho natural y contra el abuso de la investidura sacerdotal con fines
de lucro personal y control social. Volviendo a los sacerdotes
provincianos de Cuba, remarcaba:
… te cobra por echar
agua en la cabeza de tu hijo, por decir que eres el marido de tu mujer,
cosa que ya tú sabes desde que la quieres y te quiere ella; como él te
cobra por nacer; por darte la unción, por casarte, por rogar por tu
alma, por morir…
Acicateaba, el también
prosista, la doble moral de gran parte del clero —aliado aún, a esas
alturas de la Corona española— y lo que consideraba la explotación con
fines económicos de la superstición del pueblo, colonizado pocos siglos
antes a fuerza de mosquetones y sacramentos. En «Hombre del campo»,
Martí se adelantó a su tiempo, cuestionando la vigencia de dogmas
sacros. Simultáneamente, sólo siguió el ímpetu renovador de la
efervescencia ideológica de la época. Víctor Hugo y Darwin, Emerson y
Karl Marx, y, entre los menos conocidos, el cura irlandés Edward McGlynn,
excomulgado en 1887 por apoyar a los marginados reformistas de los
barrios pobres de Nueva York, a cuyo caso le dedicó un par de detalladas
crónicas.
El voto de castidad
obligatoria de los sacerdotes es una cosa; el entramado filosófico que
lo sustenta, en especial la condenación del placer sexual y la visión
negativa del cuerpo humano, es otra. Nuestro libro trata desde distintos
ángulos las raíces de estas nociones. En donde están presentes, la
culpabilidad y la represión sexual trascienden las paredes del claustro
y la parroquia y permean la sociedad y la cultura. León Tolstoi da
cuenta en forma dramática de la tortuosa relación de un aristócrata de
la Rusia zarista con el sexo, las mujeres y su propia fisicalidad en el
clásico «Sonata a Kreutzer». El copioso relato contiene evidentes
proyecciones autobiográficas.
Refleja la relación
ambivalente del mismo Tolstoi con el placer y el sexo en su vida
interior y en su propio matrimonio.
Su biografía no deja
dudas al respecto de su constante frustración. Sus intentos por
practicar el «matrimonio blanco» fracasan vez tras vez. Ni los
peregrinajes a tradicionales monasterios ni su acercamiento religioso a
la austera minoría de los
dukhobors,
le funcionan. El deseo y la culpa siguen siempre allí, saboteando sus
ideales de pureza, como sigue ocurriendo hoy a sacerdotes y creyentes.
Es curioso, el conde
Nicolai no creció en la cultura occidental influida por el rito latino
romano, sino al amparo de la aristocracia feudal, aliada histórica de la
poderosa Iglesia Ortodoxa Rusa, con sus legendarios
staretz
y rica iconografía.
Escindida de Roma desde el año 1054, la Iglesia Ortodoxa Oriental
también heredó las influencias ascéticas y neoplatónicas del gnosticismo
que se cristianizaron como dogma desde el siglo V d.C.
En el rito ortodoxo
ruso, el cuerpo vino también a ser cárcel del alma, y el deseo —epithumia
en el
griego—,
concupiscencia:
la raíz del veneno que contamina el espíritu y cierra a los mortales el
cielo.
Aunque la Iglesia
Ortodoxa Oriental no prohíbe ordenar a diáconos y a sacerdotes casados,
de cualquier manera heredó el conflicto entre cuerpo, placer sexual e
ideal espiritual. El resultado fue el mismo: un profundo sentido de
culpa. El remedio para los creyentes vino entonces a ser similar al del
rito católico: la confesión después del remordimiento, la absolución
penitencial del clérigo. Y volver a empezar de nuevo. Pero para el
creyente serio, la lucha iba más allá de cumplir las cíclicas
formalidades.
Y Tolstoi lo fue por un
tiempo. Pocos textos como
El padre Sergio
describen la
feroz lucha interior del sacerdote por librarse de la concupiscencia.
Alejado del mundo en su intento por huir de toda tentación terrena, un
distinguido príncipe vive ahora como anacoreta, habiendo hecho
voluntariamente votos religiosos y repartido sus bienes. Está inmerso en
su cotidiana lucha interior cuando lo sorprende una helada noche de
invierno.
Hasta su distante cueva
convertida en celda de ermita, llega una lujosa carreta de la cual
desciende una mujer de mundo que ha apostado —juguetona—, que sus
encantos harán añicos la afamada castidad del austero monje. Una vez
habiéndolo engañado para que la deje entrar, el drama de la tentación es
relatado tan vívidamente como si el autor lo hubiera presenciado. Son
—otra vez— destellos de las luchas de alcoba de Tolstoi mismo.
Sergio, percatándose de
las intenciones seductoras de Makovkina se atrinchera, rezando en voz
baja en un cuartucho al fondo de la celda, decidido a no ceder a lo que
se ha vuelto a esas alturas una lucha que se antoja desigual. Pero de
nada le sirven los rezos, las invocaciones, los ruegos. Su imaginación
corre sin rienda ante cada escarceo verbal de Makovkina, ante el sonido
adrede de sus pies desnudos contra el piso frío. El alivio momentáneo
esta allí, cruzando la puerta, nadie los ve. Atormentado por el deseo
que lo ha asediado por años, finalmente el hermano Sergio sale derrotado
por la concupiscencia: arde por verla.
Rendido, se dirige a la
recámara, pero antes va junto al haz de leña por un hacha. Ha recordado
una anécdota que no sabe si es leyenda. De un tajo se cercena un dedo y
trata de parar la hemorragia envolviéndose el muñón en el borde de su
hábito. Cuando se presenta ante Makovkina, quien espera ganar la apuesta
del reto del varón prohibido, le llama la atención el rostro ligeramente
pálido de Sergio por el dolor contenido. Su mirada es brillante. La dama
balbucea nerviosa, echando encima de su cuerpo desnudo su caro abrigo de
pieles. Viendo hacia el piso, ve chorrear la sangre que gotea de la
herida. La concupiscencia del hermano Sergio ha sido vencida —más bien
distraída— por el severo castigo al cuerpo. Makovkina, impresionada,
renuncia ese día, llena de vergüenza, a su vida frívola y decide
ingresar de por vida a un claustro. Ha perdido la apuesta. El ermita se
convierte en su tutor epistolar. Jamás vuelven a verse. El castigo
corporal ha triunfado sobre el deseo reprimido. Por un tiempo.
En la ficción narrativa
del maestro literario del realismo, la conciencia atormentada por la
culpa halla efímero alivio en la aparente victoria del bien sobre el
mal.
No fue ese el caso del padre Gaspar de Villarias, sacerdote de la
Compañía de Jesús, quien fue objeto de un detallado juicio por el
Tribunal del Santo Oficio en la Ciudad de México entre 1620 y 1625. Más
de 90 mujeres declararon haberse involucrado sexualmente con él o sido
objeto de proposiciones indecorosas luego de visitar la parroquia donde
las confesaba y absolvía. El caso nada tuvo de ficción, está registrado
en los
Libros de la Inquisición
y escandalizó hasta a
Roma. Villarias jamás negó los cargos, todo lo contrario, pero a
diferencia del breve cuento de
El padre Sergio,
sus declaraciones no reflejan conflicto alguno de conciencia. Había
resuelto su disonancia cognoscitiva hacía mucho tiempo. Parapetado en el
sacramento de la penitencia, Gaspar de Villarias solicitaba y seducía a
criollas y mulatas, a nobles españolas y a esclavas negras década tras
década. Y nadie hablaba.
Los documentos del
Archivo General de la Nación son harto reveladores. No sólo porque se
trata del caso registrado más prominente de un
cura solicitante
en la
historia colonial de la Nueva España, sino porque nos permite entrever
también la politización eclesiástica que se hacía entonces de las
sanciones canónicas.
Y también vemos que en
aquella época oscurantista, quizás el Vaticano ponía mayor empeño
administrativo para tratar, al menos, de moderar los excesos de sus
clérigos y salvaguardar la buena reputación pública de los sacramentos.
En
Votos de castidad,
el antropólogo Marcos Duarte nos lleva de la mano por los recovecos del
juicio al padre Gaspar de Villarias, acusado de herejía por utilizar el
sacramento de la penitencia para seducir a sus hijas espirituales.
De acuerdo con el
documento
Noticias secretas
de nuestra América,
compilado a petición de la realeza española con fines
político-económicos en 1748, se podría argumentar, como lo hace el
doctor Elio Masferrer, que en la época colonial y hasta nuestros días,
el celibato sacerdotal obligatorio en la Iglesia Católica de América
Latina es, en general, un mito. En la práctica, para los sacerdotes,
siempre ha sido opcional. El susodicho reporte a la Corona española
escandalizó a la realeza borbónica de Europa, igual que ahora sucede con
los hallazgos de distintas formas de concubinato de los sacerdotes
católicos y prelados latinoamericanos —cuando no matrimonios civiles con
hijos, como el caso del padre Luís Parra, bien documentado por el
investigador Jorge Erdely en la Diócesis de Celaya en 1995.
Los concubinatos
sacerdotales, prosigue Masferrer, permanecen vigentes bajo distintos
disfraces hasta hoy. La conclusión es atrevida, pero sustentada en la
casuística y la historia. En México, el caso del ex nuncio papal
Girolamo Prigione y su concubinato con la monja Alma Zamora fue del
dominio público por años, mientras que periodistas y políticos callaban.
Ricardo Alemán, entonces director del suplemento político
Bucareli Ocho,
del diario
El Universal,
rompió la espiral del silencio en 1997.
Ya desde 1990, el ex
obispo de Oaxaca, Bartolomé Carrasco, en su visita
ad limina
al Vaticano reportó
que en su diócesis el setenta y cinco por ciento de los sacerdotes no
guardaban el voto del celibato sacerdotal, dejando entrever que muchos
tenían una o varias concubinas, mientras que otros tienen esposas o
simples aventuras sexuales durante su vida eclesial activa. La
revelación del obispo pone de relieve un matiz muy importante: que en
cuestión de sacerdotes que rompen el voto de castidad, de ninguna manera
todo es paidofilia o efebofilia. Es innegable, de cualquier manera, que
como reveló el entonces obispo de Oaxaca —la mayoría de sus curas
quebrantaba habitualmente los votos de castidad, el escenario de la
conducta heterosexual del clero muestra de nuevo el tema del celibato
como algo toral, pero en gran medida soslayado en la cobertura mediática
de hoy día y en la investigación universitaria. La antropóloga Paloma
Escalante, cuyos estudios de campo al respecto en la provincia mexicana
se han extendido por más de tres lustros, es una notable excepción.
Si en algo difirieren
los escándalos de hoy con los que se suscitaban en la época de la
Colonia, sería en lo concerniente a dos puntos. Durante los siglos XVII
y XVIII predominaban más bien la promiscuidad y el concubinato
heterosexual. En países como Perú los hijos eran incluso reconocidos y
aparentemente tenían acceso a ciertas
prestaciones
sociales.
Comenta Masferrer en su capítulo de este libro:
En investigaciones que
realicé en el Archivo Arzobispal de Lima, Perú, en el ramo de Asuntos
Civiles —el estudio estaba centrado en la cultura y la vida pública del
siglo XVII— pude encontrar centenares de hijos de sacerdotes diocesanos,
pidiendo mediante la declaración de dos testigos que el obispo les diera
dinero para la dote matrimonial, la cual estaba estipulada en 400 pesos
fuertes, una cifra considerable para la época.
Hoy, los escándalos
mundiales son preponderantemente por pederastia homosexual y sólo a
través de litigiosos abogados las víctimas logran alguna compensación.
Alguien pudiera pensar que la Iglesia de la Inquisición española era más
caritativa que la de Estados Unidos.
Tanto en los reportes de
Noticias secretas de nuestra América,
como en el caso del padre Gaspar de Villarias, la principal trasgresión
registrada a los votos de castidad era la heterosexual. En este sentido,
la jerarquía latinoamericana quizás no ha estado interesada en revisar
el dogma del celibato porque ha encontrado una fórmula culturalmente
aceptada —no exenta de hipocresía— para dar cauce a la sexualidad del
clero mientras que, al mismo tiempo, éste puede mantener formalmente el
estatus de elite especial y poder administrar, en aparente pureza
litúrgica, los sacramentos. La profesora de la Universidad La Sapienza,
en Roma, Alessandra Ciattini explica en su capítulo respectivo las
motivaciones financieras de la Iglesia para instituir el celibato
obligatorio. El problema es previo al medioevo y viene desde Europa. No
es ajeno a los concubinatos y matrimonios de los sacerdotes en el viejo
continente. Se trataba de evitar —entre otras cosas— que éstos heredaran
sus propiedades, o las de la Iglesia, a sus hijos.
Ciattini muestra que fue
sólo después de un largo proceso histórico con muchas contradicciones,
que se logró finalmente prohibir formalmente el matrimonio del clero. El
dogma se confirmó en el Concilio de Trento de 1546. Antes de eso, la
obligatoriedad de la castidad para los sacerdotes, dependiendo del lugar
y las circunstancias, era variable, aunque se impusieron penas canónicas
y civiles —en ocasiones laxas— a los curas transgresores.
El papa Honorio (420
d.C.), elegido sumo pontífice ya casado y con una hija, fue una
interesante excepción. Esta línea de investigación histórica conduce de
manera natural a preguntarse sobre el celibato en los orígenes mismos
del cristianismo.
Al respecto, Ciattini —y
con más amplitud y detalle Erdely—, exploran, con base en la historia,
textos antiguos y la teología, lo que realmente practicaron los
apóstoles en el primer siglo y cuáles fueron las enseñanzas específicas
de Jesús al respecto de la castidad y las actitudes de los primeros
cristianos hacia la sexualidad. Sus investigaciones desafían
interpretaciones que con el paso del tiempo han adquirido apariencia de
inmutables verdades.
El sacramento de la
penitencia, con las disposiciones adoptadas por la Iglesia Católica
durante el siglo XIII y por la importancia que esta institución empezó a
concederle al acto de la confesión auricular, al ser definido como la
«tabla de salvación del hombre», con el transcurrir de los años se
convirtió en uno de los vehículos más favorecidos para que algunos
clérigos accedieran a una sexualidad vedada.
Los expedientes del
Archivo General de la Nación de alrededor de ochocientos curas
solicitantes de la época colonial mexicana que ha revisado durante
décadas el historiador y especialista en el tema, Jorge René González
Marmolejo, contienen un mundo de detallada información poco accesible
hasta ahora al público. En
Votos de castidad
revela que la
norma era la transgresión heterosexual, pero documenta también la
homosexual.
El contexto es el
sacramento de la penitencia y el espacio físico más común, el
confesionario mismo o sus alrededores. El estudio se extiende más atrás
que otros, hasta el siglo XVI. El término de
curas
solicitantes,
como sabemos, se refiere a aquellos sacerdotes que usaban el
confesionario para inquirir vulnerabilidades y obtener gratificación
sexual de sus asiduas feligresas.
De la época colonial a
nuestros días, las cosas han dado un vuelco. Los escándalos de hoy
reflejan que lo heterosexual ha seguido, pero ha dado paso a un problema
más delicado para la jerarquía católica y para la sociedad en general.
Los escándalos por paidofilia homosexual cada vez más generalizados,
encubiertos durante años por obispos y altos prelados. González
Marmolejo contrasta la actitud de la jerarquía colonial con la
contemporánea en sus esfuerzos por poner orden al interior.
El problema
contemporáneo tiene una formidable dimensión financiera. Hasta la fecha
ha forzado a la Iglesia Católica estadounidense a desembolsar más de mil
millones de dólares en indemnizaciones a víctimas de abuso sexual por
parte de sus propios ministros. Las demandas penales y civiles tienen al
borde de la quiebra a importantes diócesis norteamericanas y han
generado importantes documentos y pronunciamientos por parte del
Vaticano, de conferencias de obispos, de grupos laicos que exigen
cambio, de jueces y fiscales, de eticistas, de comités de investigación
internos, del parlamento de la Unión Europea misma. Al respecto, el
doctor Jorge Erdely nos actualiza con estadísticas, datos precisos y
documentos relevantes sobre lo que acontece al respecto en México y el
mundo. Nos proporciona también un necesario contexto de lo que también
pasa en otras iglesias en materia de derechos humanos y abuso sexual que
aporta un necesario
balance a este libro.
Los
pastores que abusan,
título de uno de sus libros más conocidos, no son de ninguna manera un
problema exclusivo del catolicismo. Necesidad de censurar la discusión
abierta del dogma del celibato en países como México, no ha habido. La
norma —salvo contadas excepciones— ha sido más bien la autocensura. En
general, los intentos por impedir que se genere un análisis público
serio sobre la vigencia del celibato y sus efectos en la sexualidad
pueden considerarse eficaces. Lo sabemos porque prácticamente no existe.
Vaya contraste con la Europa que trajo el catolicismo a América, en
donde al interior de la misma Iglesia el tema se debate candentemente en
foros públicos y privados, consignándose
estudios y opiniones en
infinidad de publicaciones de religiosos y laicos seculares.
Pero en América Latina,
en cuanto se intenta examinar la relación entre el celibato y la
conducta sexual del sacerdocio, la jerarquía intenta frenar y desviar la
discusión de maneras diversas.
Prevalecen los
apriorismos sin sustento, los temores a transparentar información, las
evasivas y las respuestas simplistas. Como si examinar el asunto fuese
asunto exclusivamente interno de la Iglesia o careciese de relevancia
social. Como si sólo la jerarquía tuviese elementos válidos para aportar
a la comprensión y solución de un asunto de interés eminentemente
público. El monólogo de la jerarquía presenta una doble problemática.
Por un lado, refleja la institucionalización del abuso de autoridad y
poder que se expresa en la minimización «del otro». En este caso, en
primer lugar, de sus feligreses mismos. En la gran mayoría de los
innumerables casos que recoge la literatura especializada contemporánea,
la dinámica que prevalece es la explotación del estatus religioso para
obtener gratificación sexual con creyentes de ambos sexos, monjas o
seminaristas.
En sí, la dinámica de
explotación no difiere en esencia de lo que se lee en los archivos y
documentos de la época colonial a la que este libro nos permite acceso.
Por otra parte, el problema implica un grado fascinante de
inconsistencia entre la práctica y el dogma, entre el juramento sacro de
guardar el voto perpetuo de castidad impuesto como condición
indispensable para la ordenación, y la expresión —a veces
desconcertante— de una gama de comportamientos sexuales, realizados a
menudo en la oscuridad de la secrecía y al amparo de silencios y
complicidades culturales y de la institución misma. En términos
funcionalistas, el sistema «se retroalimenta a sí mismo», cerrando el
círculo.
El monólogo de la
jerarquía católica ha generado distintas respuestas tanto en el seno de
la Iglesia como fuera de él. Movimientos laicos y de sacerdotes
progresistas exigen una reforma de fondo que incluya derogar el celibato
sacerdotal obligatorio e introducir reformas serias al código canónico,
documento que, por ser producto de un proceso histórico influido por el
feudalismo europeo medieval, minimiza las sanciones eclesiales a los
sacerdotes que incurren en abusos de autoridad para expresar su
sexualidad.
Los progresistas
solicitan también más apertura para la supervisión de los laicos sobre
aspectos como las finanzas parroquiales. Los sectores conservadores, por
su parte, se anclan en la tradición. El discurso oficial del Vaticano
—antes con el papa Juan Pablo II y hoy con Benedicto XVI— se ha reducido
a responsabilizar de la problemática a lo que percibe como una cultura
moderna moralmente laxa y permisiva, a una atmósfera sensualizada que
tienta a los sacerdotes debido a que éstos son humanos.
En otras ocasiones, la
explicación oficial ha sido la negación del libre albedrío, invocando lo
inexplicable;
misterium
iniquitatis,
lo llamaría el predecesor del cardenal Ratzinger. La jerarquía mexicana
ha seguido fielmente esta misma línea defensiva de argumentación las
pocas veces que ha salido a la palestra pública el tema.
Como podemos ver, el
monólogo de la administración vaticana es notoriamente defensivo.
Reduccionista, lo llamarían algunos. Se podría resumir en tres
argumentos centrales:
• El problema de la
violación de los votos de castidad es mínimo y los medios de
comunicación lo magnifican.
• El problema es real,
pero no es mundial; está circunscrito sólo a ciertas regiones
geográficas.
• La causa debe ser
atribuida a lo inexplicable o a la cultura permisiva y sensual moderna,
que, a través de los medios de comunicación, la internet y la
publicidad, crean una atmósfera sensual irresistible que lleva
fatalistamente a muchos sacerdotes a romper sus votos de castidad.
Luego entonces, se
inferiría que se trata de un problema nuevo. Sólo una sociedad sin
memoria histórica puede aceptar ese argumento. Simultáneamente, la
jerarquía se exonera a sí misma de cualquier responsabilidad. Ni sus
estructuras eclesiásticas, y muchos menos la codificación de normas
laxas en el derecho canónico, tienen absolutamente nada que ver.
¿Teologías que reprueban el placer en la sexualidad? ¿Los votos
obligatorios de castidad? ¿Represión sexual que a veces se expresa en
preocupantes parafilias? Mucho menos. De esta manera, la jerarquía se
absuelve a sí misma y blinda por todos lados el dogma del celibato
sacerdotal.
Este libro no entra en
especulaciones ni hace conjeturas sobre si el celibato es la causa de la
multimencionada paidofilia que se está tornando en el Waterloo de la
Iglesia Católica contemporánea.
Nuestro objetivo es más
bien proveer a los lectores de elementos para formarse un criterio
propio sobre las tensiones entre la sexualidad y el voto de castidad
sacerdotal. Para ello, ofrece al público un acervo de importantes datos
históricos corroborables, elementos empíricos y análisis de
especialistas de varias disciplinas, que articulan una respuesta al
discurso oficial de la jerarquía.
Por ser un trabajo
interdisciplinario, examina la temática con libertad intelectual y rigor
analítico desde la historia, la psicología, la antropología, y la
filosofía, los orígenes reales del dogma del celibato sacerdotal y su
función social, primero que nada, en nuestra propia cultura. El abordaje
se contextualiza con estudios de caso y estadísticas inéditas con marcos
analíticos teóricos actuales.
Si el delicado problema
de la pederastia sacerdotal se origina de manera súbita por la
influencia de internet, del mayor acceso o difusión de películas con
contenido erótico y de lo que altos jerarcas han denominado «la sociedad
permisiva moderna», que crea una irresistible fuente de tentación para
muchos sacerdotes, necesitamos antes que nada, echar una mirada a
algunos periodos de la historia mexicana donde prevalecían moralidades
más puritanas, para tener un punto objetivo de referencia.
Eso es exactamente lo
que hacen en este libro los especialistas en catolicismo en la época
colonial, cuando la moral pública y la sexualidad privada en México eran
regidas por la Corona española y vigiladas celosamente por la
Inquisición lo mismo en alcobas que en callejuelas y conventos. Si los
votos de castidad se rompen de manera endémica sólo en sociedades como
la de Estados Unidos, queremos examinar entonces qué sucede actualmente
en otros países; en el nuestro, para comenzar, y en continentes como
África, en donde el problema es de naturaleza heterosexual y no
involucra ilícitos.
Si se pontifica que el
problema es eminentemente contemporáneo, requeriríamos indagar si es que
el asunto no era ya un serio problema en el pasado. Si el celibato
sacerdotal es, como se afirma, incuestionable precepto divino instituido
por Jesús mismo, necesitamos saber en qué se basa tal creencia y a su
vez cuestionar si no se trata más bien de un argumento para legitimar
una imposición humana. Si quebrantar cotidianamente el voto de castidad
—violando las leyes canónicas y muchas veces las civiles— no requiere de
acciones firmes que emanen de la Iglesia Católica para poner un freno,
sino que la institución justifica conductas de encubrimiento, no está de
más comparar a la Iglesia de hoy con la de antaño, cuando la
desaparecida Inquisición, al parecer, tomaba con más seriedad dichos
asuntos internos y hacía esfuerzos serios por moderarlos.
Los ensayos que a
continuación presentamos a los lectores de Grijalbo, hablan por sí
mismos. Están escritos tanto para el público general como para el lector
especializado. Confiamos en que su lectura producirá un necesario
reencuentro con la memoria histórica que hoy se difumina en el
inmediatismo. A otros, proveerá de elementos para ampliar su cultura
sobre el tema y una puntual actualización del contexto, ambos factores
indispensables para formarse una opinión informada. A otros, tal vez los
más, les regalará, sin menoscabo del análisis académico, una lectura
amena, la cual, conforme se profundiza en ella, hace añicos mitos
bizantinos, y pedazos de leyendas que se hacen pasar por hechos.
Si al final del día este
libro logra, encima de todo eso, que cese el monólogo de la jerarquía
latinoamericana consigo misma y contribuye a entablar un diálogo público
y abierto con la academia y otros sectores de la sociedad —y con la
misma grey—, los autores habremos superado con creces todas nuestras
expectativas.
Ciudad de México, agosto
de 2005
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