Reseña Revista Proceso

El poder de la carne


Rodrigo Vera

Tan antigua como los antecedentes de la Iglesia católica en México, la violación del voto de castidad por parte de sus sacerdotes ha ido mucho más allá de las prácticas heterosexuales u homosexuales. El fenómeno demuestra que la pederastia y el abuso sexual en el clero "vienen de tiempo atrás y hace mucho que son parte de la realidad eclesiástica". Esta aseveración corresponde al libro "Votos de castidad", que pronto será puesto en circulación por la editorial Grijalbo. Escrito por cinco especialistas, el texto se basa principalmente en datos del Vaticano y del Archivo General de la Nación. He aquí una reseña.

"En la época colonial y hasta nuestros días, el celibato sacerdotal obligatorio en la Iglesia católica de América Latina es, en general, un mito. En la práctica siempre ha sido opcional", por lo que "es evidente el abismo entre lo que dicta el Derecho Canónico en cuestión del voto de castidad y la vida sexual del clero"; a esta conclusión llega el libro Votos de castidad.

Basado principalmente en investigaciones realizadas por el propio Vaticano y en información del Archivo General de la Nación, el libro hace un recuento de violaciones al voto de castidad desde el siglo XVI hasta nuestros días, fenómeno en el que la "dinámica que prevalece es la explotación del estatus religioso para obtener gratificación sexual con creyentes de ambos sexos, monjas o seminaristas".

De 214 paginas, Votos de castidad demuestra que no son recientes los casos de pederastia y abuso sexual en general, sino que estos "problemas de sexualidad en el clero vienen de tiempo atrás y hace mucho que son parte de la realidad eclesiástica". Por ejemplo, indica que "durante los siglos XVII y XVIII predominaba mas bien la promiscuidad y el concubinato heterosexual". Y en países como Perú, los hijos de los sacerdotes eran incluso reconocidos y aparentemente tenían acceso a ciertas "prestaciones sociales".

El libro detalla el caso "sorprendente y harto aleccionador" del sacerdote jesuita Gaspar de Villarias, cuyo proceso en México, a principios del siglo XVII, "causó escándalo hasta en la misma Roma" por haber abusado sexualmente de 97 mujeres, incluso dentro de su parroquia. Expone también el contenido de Noticias secretas de América, la investigación encubierta que, en 1735, mandó realizar la Corona española para saber sobre los concubinatos que tenían los religiosos en el nuevo continente.

De la época actual, menciona el amasiato entre monseñor Jerónimo Prigione, exnuncio apostólico en México, y la religiosa Alma Zamora, así como la protección que tanto Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, como Roger Mahony, cardenal de Los Ángeles, California, le brindaron al sacerdote pederasta Nicolas Aguilar, quien tan sólo aquí, en México, fue acusado penalmente por abuso sexual contra 60 menores. Menciona igualmente el reporte que, en 1990, entregó al Vaticano el entonces arzobispo de Oaxaca, Bartolomé Carrasco, en el que revelaba que 75% de sus sacerdotes no guardaba el voto del celibato.

Los autores del libro son Jorge Erdely, Alessandra Ciattini, Elio Masferrer, Jorge Rene González Marmolejo y Marcos Hernández Duarte, expertos todos ellos en temas eclesiásticos desde distintas áreas, por lo que Votos de castidad es "un trabajo interdisciplinario" desde la perspectiva de la historia, la sociología, la antropología y la psicología, con el que se intenta dar "mayores elementos" para entender la "polémica actual" sobre los curas pederastas.

El libro parte del hecho de que -luego de un largo proceso histórico- el voto de castidad se impuso a partir del Concilio de Trento, en 1546, con el fin principal de evitar que los sacerdotes "heredaran sus propiedades, o las de la Iglesia, a sus hijos", por lo que el celibato no es un mandato evangélico, sino una cuestión de "disciplina".

Y señala una constante en la actitud de la Iglesia cuando se descubre la existencia de pederastia o abuso sexual por parte de sus ministros:

"La jerarquía sacerdotal respondió habitualmente a estas acusaciones con la negación, el ocultamiento y la descalificación de los denunciantes. Una medida frecuente ante las denuncias penales imposibles de controlar ha sido la reubicación sigilosa de los responsables para evitar la acción de la justicia."

Y cuando la Iglesia no tiene más opción que asumir la realidad, "viene entonces un cambio de discurso. La respuesta habitual es entonces que los sacerdotes de la Iglesia católica están en 'este mundo profano' y que la disipación de sus costumbres es culpa del secularismo de los países del primer mundo". Las "flaquezas de los sacerdotes" son, pues, producto de "la grave crisis moral" de la sociedad actual.

Pero el libro demuestra que estas flaquezas eran ya comunes en la época colonial, cuando la Iglesia tenía un fuerte peso social y denominaba a los curas infractores con el recatado adjetivo de "solicitantes", porque "solicitaban" los favores sexuales de su feligresía, principalmente en el confesionario.

"La solicitación fue catalogada como una herejía y, por tanto, la persecución de los confesores solicitantes fue encargada al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Es importante anotarlo: jesuitas y dominicos dieron la batalla, tanto en el terreno legal como en la práctica, para que sus profesos no fueran juzgados por el Santo Oficio, sino dentro de sus propias órdenes eclesiásticas. Por lo menos la pelea legal la perdieron, pues se decretó que sólo el Santo Oficio podía juzgar a los sacerdotes solicitantes, cualquiera que fuera su situación o filiación", dice el libro.

Agrega que entonces se pedía, mediante "edictos de fe", que se denunciara a los solicitantes. Y transcribe un párrafo de uno de estos edictos:

”O si sabéis que algún confesor o confesores, en el acto de la confesión o próximamente a ella, en los confesionarios o lugares designados, aun cuando no se realice la confesión, hayan solicitado a sus hijas de confesión provocándolas o induciéndolas con hechos o palabras torpes, deshonestas…”

Uno de los más sonados procesos fue el que la Inquisición llevó, entre 1620 y 1625, contra Gaspar de Villarias, religioso de la Compañía de Jesús y acusado de "hacer proposiciones eróticas" en el confesionario a 97 mujeres. Logró "consumar el coito" con mas de 30 de ellas, incluso en el confesionario. El caso "provocó escándalo hasta en la misma Roma".

En la larga lista de amoríos de este cura seductor -una especie de Marcial Maciel novohispano, sólo que heterosexual- se incluían "monjas, muchachas y señoras maduras, tanto casadas como solteras, de todos los biotipos: blancas, mestizas, indias y negras, y de todas las condiciones sociales: ricas doñas, pobres, sirvientas, libertas y esclavas".

Durante meses, las "solicitadas" fueron a rendir sus testimonios ante el Santo Oficio. Del expediente del caso, el libro recoge textualmente algunas declaraciones, como las de la española Ana de Mesa, de 30 años y radicada en Puebla, quien denunció sus encuentros eróticos con Gaspar de Villarias:

”De palabra en palabra fue declarando su mal deseo a ésta, hasta llegar a decirle con claridad que la quería gozar, pero que ya que no podía ser por allá fuera, que allí le besase y abrazase y hubiese tocamientos en las partes vergonzosas que él le haría en las suyas lo mismo... y el dicho Gaspar de Villarias hacía su parte con meneos y ruido... y esto mismo pasó en dos o tres ocasiones en el dicho confesionario... hasta que vio el riesgo en que ponía su alma y dejó de confesarse con él.”

El testimonio de otra mujer seducida refiere cómo el intrépido y fogoso jesuita llegaba hasta su alcoba:

”Entró el dicho confesor en su aposento de esta y requiriéndola de amores, tuvo con ella acceso carnal y entonces le dijo cómo se llamaba el padre Villarias y que guardase secreto. El cual es un hombre pequeño de cuerpo rehecho. Otras dos veces volvió el dicho padre Villarias a verse con ésta.”

En su testimonio, Gaspar de Villarias aceptó haber caído en la tentación carnal. Y de tantas, ya ni recordaba cuantas aventuras sexuales tuvo:

”Habría diez o doce años que de frecuentar la comunicación con algunas mujeres así en la confesión como fuera de ella resultó perder el primer fervor dejándose vencer de algunas tentaciones... a causa de ser algunas de las cosas que le habían pasado muy antiguas y flaca su memoria no podía declarar individualmente todas.”

Finalmente, el religioso fue aprehendido por un lapso muy breve, y "en pocos días saldría libre para continuar con sus tropelías, con una pequeña amonestación". Se le cambió a otra "unidad de la Compañía". Fue todo el castigo que recibió el "protagonista del mayor escándalo sexual de los archivos de la historia de la Iglesia católica en México".

Cuenta el libro que esto era lo común, pues los procesos a curas solicitantes "no iban mas allá de una investigación y una llamada de atención al clérigo implicado", además de que "el tribunal tenia el suficiente poder para decidir discrecionalmente que‚ casos se debían continuar investigando y cuales no".

En 1735, la corona española envío a América a Jorge Juan de Santacilia y a Antonio de Ulloa de La Torre-Giral para que elaboraran un amplio informe que incluiría aspectos sobre las actividades del clero. Así surgió Noticias secretas de América, investigación elaborada ex profeso para el rey y sus altos funcionarios y no para el conocimiento de la sociedad.

Los informantes reales mencionan cómo era la vida sexual de los religiosos de la Colonia:

”En las ciudades grandes, la mayoría de ellos vive fuera de los conventos... en las ciudades pequeñas... los conventos están sin clausura, y así en estos viven los religiosos con las concubinas dentro de sus celdas, como en aquellas (ciudades) las mantienen en sus casas particulares con toda precisión, imitando a los hombres casados.”

El informe secreto describe también los fandangos y bailes a los que solían concurrir los disolutos religiosos y sus mujeres:

”Y juntando sus concubinas, luego que empieza el baile, empieza el desorden en la bebida del aguardiente y mistelas, y, a proporción que se calientan las cabezas, va transmutándose la diversión en deshonestidad y en acciones tan descompuestas y torpes, que seria temeridad el quererlas referir o poca cautela manchar la narración con tal obscenidad.”

Y señala las prebendas de que gozaban los hijos de los sacerdotes:

”Los hijos conservan siempre como título de honor los de la dignidad de sus padres... y no atendiendo a la ilegitimidad ni al sacrilegio... y así ni en ellos causa el menor sonrojo, ni se puede extrañar el ser nombrados por el carácter que sus padres obtuvieron en la religión.

Era prácticamente imposible poner remedio a esta situación, puesto que -según el informe- en los altos jerarcas "empieza el mal ejemplo".

Votos de castidad cita el caso extremo del Perú del siglo XVII, donde los hijos de los sacerdotes podían pedir, mediante la declaración de dos testigos, que el obispo les diera dinero para su dote matrimonial, estipulada en 400 pesos fuertes, cifra considerable para la época.

El libro indica que, entonces, "la principal trasgresión registrada a los votos de castidad era la heterosexual", aunque no por la falta de datos puede descartarse la trasgresión homosexual y la pederastia, muy documentada en la época actual, sobre todo en Estados Unidos, donde la Iglesia ha tenido que desembolsar mas de mil millones de dólares para indemnizar a las víctimas de sus curas paidofilos.

En el México moderno, abundan ejemplos que muestran la continuidad de la vieja práctica de quebrantar el celibato: el libro se refiere al informe que, en 1990, presentó al Vaticano el entonces arzobispo de Oaxaca, Bartolomé Carrasco, en el que reconocía que 75% de sus sacerdotes infringía ese voto. Cita también el amasiato entre el exnuncio Prigione y Alma Zamora, religiosa de la congregación Hijas de la Pureza de la Virgen Maria y quien trabajaba para él en la sede de la nunciatura apostólica. Estas relaciones -indica el libro- conllevan un "abuso de poder" porque la "investidura jerárquica" genera una "relación inequitativa" entre los sacerdotes y sus concubinas.

Igualmente menciona casos de pederastas encubiertos por altos jerarcas, como el del sacerdote Nicolás Aguilar, quien recibía la protección de los cardenales Norberto Rivera, de la Ciudad de México, y Roger Mahony, de Los Ángeles. La publicación estadounidense The Dallas Morning News, en junio del año pasado, develó la complicidad de los purpurados -incluso a través de la publicación de su correspondencia privada- que le permitió al sacerdote eludir la acción de la justicia en ambos lados de la frontera. Tan sólo en México abusó sexualmente de 60 menores.

Reitera el libro que el voto de castidad no es mas que un "mito". Y a pesar de que es considerado "tema tabú" por vastos sectores del clero y la sociedad, su debate es "obligatorio" para que la Iglesia pueda construir "propuestas viables y creíbles".
 

Fuente: Revista Proceso No. 1512
Sección Religión
23 de octubre de 2005
Páginas 50-54